Rescatistas de cuevas encuentran con vida a un hombre atrapado durante 15 días en una cueva submarina inexplorada

 

Erasto llega a sol. Foto: Municipio de Uxpanapa


Por John Pint

El 4 de agosto de 2026, dos buzos de cuevas de Playa del Carmen, Harry Gust y Rosalino Rivera, recibieron una llamada del presidente municipal de Uxpanapa, Veracruz, una región enclavada en el corazón de la agreste y exuberante Selva Zoque, la mayor extensión de selva tropical que aún queda en México.

Les pidieron que intentaran recuperar el cuerpo de Erasto Crisanto Valdez, de 31 años, quien había ido a pescar con arpón a un cenote de la zona el 23 de julio y nunca había vuelto a salir. Otros buzos ya lo habían buscado, pero sin éxito.

Solo una caminata fácil”

Nos tomó dos días manejar hasta Uxpanapa”, me contó Harry Gust, instructor profesional de buceo en cuevas y explorador.

A la mañana siguiente nos dijeron que solo teníamos que caminar 900 metros para llegar a lo que ellos llamaban un cenote. La gente de la localidad fue muy amable y nos ayudó a cargar el equipo, pero hubo muchas sorpresas.

Por ejemplo, nunca nos dijeron que en el camino tendríamos que cruzar un río en canoa. Y el río resultó tener 100 metros de ancho, mientras que la canoa iba ‘un poquitín sobrecargada’. Diez centímetros más y habríamos terminado bajo el agua”.

Foto: Harry Gust

Finalmente llegaron a su destino.

Lo que la gente llamaba un cenote”, explicó Gust, “en realidad era un manantial que brotaba de la ladera de un cerro, conocido localmente como La Cueva. Y fue entonces cuando descubrimos que estábamos en el estado de Oaxaca”.

Ahora hay que cruzar este pequeño río. Foto: Harry Gust

Rocas afiladas como cuchillos

Los dos buzos se prepararon para entrar. Por seguridad, Gust se metió primero mientras Rivera esperaba afuera.

La profundidad promedio del pasadizo era de seis metros”, me explicó Gust, “y la visibilidad era de menos de un metro. Así que entré dejando una línea detrás de mí, pero no había nada donde pudiera sujetarla para cambiar de dirección.

Las rocas del fondo sobresalían hacia arriba como cuchillos de cocina. Medían entre 30 centímetros y un metro de largo y estaban casi tan afiladas como una navaja. Bastaba con que la línea rozara una de ellas, hiciera dos zigzags y quedaba cortada. Desaparecida.

Normalmente uno diría: ‘Esto es una locura. Olvídalo’”.

Pero Gust decidió continuar.

Migajas de pan

Dije: ‘Está bien, voy a intentarlo’. Así que avancé por el centro de la cueva unos 50 metros y regresé. No encontré nada.

Volví a buscar por abajo, luego por arriba. Después seguí la pared derecha. Nada.

Finalmente recorrí el lado izquierdo y, a unos 75 metros de la entrada, encontré un pequeño tanque de aire de repuesto en el suelo. También había una bolsita y tres piedras que habían servido para controlar la flotabilidad.

Debió de haber soltado todo eso cuando se le acabó el aire, pero las piedras estaban esparcidas como migajas de pan, indicándome por dónde había seguido.

Amarré la línea a una pequeña roca con forma de hongo. Tenía bordes afilados en el tallo, aunque no tan peligrosos como los de las otras rocas”.

Para entonces, Gust ya tenía poco gas y estaba mentalmente agotado. Como pensaba que se trataba de una misión para recuperar un cadáver, salió de la cueva y regresó a la mañana siguiente.

Una búsqueda sistemática más allá del tanque de aire de repuesto que había encontrado lo llevó hasta una pila tipo D de una linterna, tirada en el suelo del pasadizo.

¿Hay alguien ahí?”

Ahora sabía que iba en la dirección correcta. Miré hacia arriba y vi que había un espacio con aire encima de mí. Avancé otros cuatro metros y me encontré con una corriente muy fuerte contra la que no podía nadar.

Ahí salí a la superficie y descubrí una gran cueva seca, con un arroyo de agua que corría por el centro.

Me impulsé para salir del agua, con todo y los tanques laterales, y grité en español hacia el interior de la cueva para preguntar si había alguien ahí.

Para mi enorme sorpresa, escuché un débil ‘Sí’.

Al principio simplemente no podía creer lo que estaba pasando. Le pregunté su nombre y me dijo que era Erasto.

Entonces le pregunté: ‘¿Llevas aquí dos semanas?’, y me respondió: ‘Sí’.

Por seguridad, le dije: ‘¡No te muevas! Quédate donde estás. Voy a regresar y vamos a sacarte de aquí. Tu familia está esperando afuera’”.

¡Erasto está vivo!”

Harry Gust salió de la cueva y les dijo a las personas que esperaban afuera que Erasto estaba vivo.

Todos pensaron que se trataba de una broma de muy mal gusto.

Una vez que Gust logró convencerlos de que hablaba en serio, empezaron a pensar en llevarle sopa caliente. Pero se encontraban en un lugar tan remoto que hacerla llegar podía tomar hasta tres horas.

Me volví hacia Rosalino Rivera”, me contó Gust, “y le dije: ‘¡Ponte el equipo! Vamos a entrar para que este hombre no esté solo y, si puede moverse aunque sea un poquito, vamos a sacarlo’”.

Así que regresamos a la cueva seca. Rosalino se quitó los tanques y habló un rato con Erasto, que había estado sentado en un hueco junto a un arroyo de agua cristalina y potable.

Parecía estar lúcido.

Después, los dos caminaron lentamente unos diez metros hasta donde yo estaba. Mientras Rosalino se colocaba los tanques, yo hablaba y bromeaba con Erasto para comprobar cómo se encontraba mentalmente.

Una ventaja era que sabía usar una máscara de buceo y respirar mediante un regulador de segunda etapa. Hicimos una revisión rápida y ahí estaba, respirando del regulador de segunda etapa de Rosalino, que recibía aire a través de una manguera larga.

Una vez que Erasto se sintió cómodo, comenzamos el regreso”.

Una salida rápida

Bueno, no tenía aletas, ¡pero se estaba moviendo! Tuvimos que aletear con fuerza para poder seguirle el paso. ¡Salimos en tiempo récord, quizá en cinco minutos!”

Cuando salió de la cueva, Erasto quedó prácticamente cegado por la intensa luz del sol.



Después, conforme comenzó a bajar su nivel de adrenalina, “se quedó flojito, como un bebé”.

Más tarde, Harry Gust y Rosalino Rivera visitaron a Erasto Crisanto en el hospital, donde se recuperaba satisfactoriamente.

Harry Gust, Erasto Crisanto y Rosalino Rivera en el hospital

Luego, todavía un poco aturdidos y tratando de asimilar todo lo que acababa de suceder, emprendieron el largo viaje de regreso a Playa del Carmen.

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